Belle Époque

Hasta el año pasado, yo nunca me había subido a un avión. Lo había imaginado, lo había querido muchísimo, pero nunca tenía en mis bolsillos el dinero como para comprar tiquetes e irme. Si la vida es complicada para cada quien a su modo, para mi capacidad de respuesta, siempre sentí que lo era en mayor medida.

Dando unos pasos hacia atrás, yo siempre vi en películas, y leí en algunos libros, sobre La Belle Époque, y me parecía una cosa mágica, un gran nombre, muy acorde con lo que era. Un día, caminando por las calles de Mérida, encontré un pequeño pero hermoso bar, con gran estilo, y además el sol que desde luego sabe lucirse, hacía que se vistiera perfecto al contrastar con el cielo. Era como una señal divina, como mi propia bella época, en la que de un modo sencillo y natural, vi concretado algo que quise tantísimo.

La vida es así, los malos y buenos tiempos no son una constante.

Colonia Suiza

Los turistas han tomado unos lugares que parecen haber sido sacados de una historia sobre el mundo feliz, un cuento. Según las apariencias lo malo no llega.

En estos sitios a buenos y malos no les toca nadie, ni les roban; cada espacio ha sido colmado de detalles para potenciales fotografías.

Han sido detenidos en el tiempo, atados por la fuerza y a cuestas a sus mayores fortalezas, al alcance de una lejanía absoluta, pero cerquita de las ganas, llenos de dicha, de gracia, de risa. Un poco utópicos parece, pues la vida no es así (o al menos eso dicen los locales), pero lindos, y suyos.

Para los turistas, la crisis económica no existe.

Salís de tu refugio y dependiendo de la época del año podés encontrarte con un fuerte sol, una buena nevada, o un amor, cualquiera en ese caso te sirve para exactamente lo mismo, porque estando ahí, ya tenés lo más importante, te tenés a vos, te llevaste lejos.