Nuestras flores, ruidos y mareas

Hay lugares que en síntesis, ejemplifican todo lo que sucede en el resto de la tierra. Pueblos, esquinas, mercados, avenidas, barrios. Una muestra minúscula, pero que se puede multiplicar hasta que sea cubierto el último metro cuadrado, para ver lo que somos, lo que buscamos, y por supuesto, lo que tenemos.

Excesos, ambición, hambre, esperanza, miseria, colores, sentimientos encontrados, ruido, anhelos, poder, llanto, carcajadas, pisos de tierra, mosaicos, luces; sueños de la mano de violines, estetoscópios y cámaras fotográficas, que saben a sacrificio, a préstamo o empeño, y a la lagrimita que cae hasta el labio.

Flores, ruidos y mareas; guerras, resistencia, dolor y crecimiento.

Una promesa constante de inmortalidad, escondida tras cada periódico, cada cuento, cada vínculo significativo; inmortalidad tras cada niño, foto, retrato, composición, libro.

A los campos florecientes; hasta que no se acabe con el último (y yo creo que no pasará), seguirán siendo perpetuos, y así sea por una postal, espero que todos podamos verlos alguna vez.

A quién se vaya ante el anhelo de ser libre, e infinitos aplausos por reconocer que en esta vida, no es de buen gusto habitar cautivo.

A los enamorados que deciden no estarlo más de alguien que no se goza en dicho enamoramiento. Si tú estás enamorado, y no es recíproco, irte te vuelve inmortal, y que lo sea, eso es mucho mejor.

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